Archivo Musical de la Catedral

Archivo Musical de la Catedral

Por Real Cédula de 22 de febrero de 1549 se dispuso que el Obispo de Santa Marta residiera en Santafé. Así lo hizo el franciscano Fray Juan de los Barrios, quien llegó a la capital del Nuevo Reino tardíamente, en julio de 1553. El Papa Pío IV, el 11 de febrero de 1562 trasladó canónicamente la sede de Santa Marta a la de Santafé, y el 22 de julio de 1564 la elevaba a arzobispado, con lo que Fray Juan de los Barrios ascendió a Arzobispo y rigió la archidiócesis hasta su fallecimiento el 12 de marzo de 1568 (3). En 1572 se colocó la primera piedra de la catedral primada de Bogotá, que es el mayor templo católico de Colombia y uno de los más grandes de
Hispanoamérica. La catedral se distinguió en la época colonial por la riqueza de su culto y por su capilla musical.

El archivo musical de Santa Fe de Bogotá, «quizá el más antiguo del Continente», según opina el musicólogo colombiano Perdomo Escobar, en su citado libro, se inicia cuando el primer Arzobispo, nada más tomar posesión, hace traer los primeros libros corales.

Pronto se acrecentó con preciosos e ingentes volúmenes que desde España, con grandes dificultades para su conservación, dada su voluminosidad y la lucha contra la humedad en las largas travesías marítimas, hizo traer un prestigioso Maestro de capilla nombrado en 1575, fecha de su ordenación sacerdotal, el mestizo Gonzalo García Zorro, hijo de un capitán español y de una india noble.

Por el tiempo en que presumimos que se compuso y cantó el villancico a Santa Teresa (posiblemente el año 1722, como diremos más adelante) era Arzobispo de Santa Fe de Bogotá fray Francisco del Rincón, de la Orden de los Mínimos, que ocupó la silla arzobispal desde el 5 de octubre de 1716 hasta el 28 de junio de 1723, en que falleció.

En el libro de Perdomo Escobar, ya citado, vienen las letras de numerosísimas obras musicales. Téngase en cuenta que los Maestros de capilla de las catedrales, y aún de iglesias de parroquias grandes, tenían a su cargo diversos músicos fijos, uno o dos organistas, un coro de voces masculinas con su sección infantil, que hacía las voces de tiples, y una indispensable escuela de música. Los Maestros de capilla y ministriles tenían la obligación de dedicarse en exclusiva a su misión, por un lado componiendo piezas religiosas para diversas festividades religiosas de los ciclos litúrgicos, por otro lado dirigiendo las actuaciones sacro-musicales que se ejecutaban durante varias horas a la semana y, finalmente, llevando adelante la escuela de música para niños de coro y aprendices de instrumentos. Además, atendían otras cuestiones anejas, como la compra y reparación de instrumentos, compra y debido archivo de libros corales y de partituras, es decir, la custodia, el mantenimiento y el acrecentamiento del archivo musical de la catedral.

Terminamos estos antecedentes, afirmando que hoy día el archivo musical de la catedral de Bogotá es uno de los más importantes de Hispanoamérica, pudiéndose parangonar en volumen y calidad con los de Méjico, Lima, Cuzco, Puebla de los Ángeles y Guatemala, todos ellos enormes y objeto de numerosos estudios por parte de investigadores musicólogos de toda América que, constantemente, publican hermosas piezas de música que, a partir del siglo XX, se empezaron a reproducir en discos, como primicias que han hecho descubrir una estética muy sui generis, fruto de la herencia polifónica e instrumental de la música religiosa española y europea, pero impregnados de elementos muy peculiares tanto en las exposiciones musicales, con algunas alusiones a ritmos indígenas, como en la dulzura e ingenuidad de las letras, propias de creyentes catecúmenos, poco teólogos pero muy devotos.

En fin, este es uno de tantos aspectos, a veces olvidados, de la inmensa labor cultural española en América. No todo fue llevarse la
plata del Potosí.

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